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Archive for 26 marzo 2013

EYACULACIONES

Tus

glúteos

son

mi

almohada

quebrada.

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EYACULACIONES

Cae

mi

bolsa,

tus

inmersiones

suben…

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EYACULACIONES

Paladeas

mi

semen

tras

pedalear

tu

cuerpo.

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EYACULACIONES

Tu

lunar

es

un

satélite

dérmico

que

ya

tiene

mi

luz

y

mi

agua.

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EYACULACIONES

Tu

cirio

no

me

alumbra,

¡me

asombra!

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EYACULACIONES

Hay

que

revolcarse

o

morir.

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EYACULACIONES

Hoy

es

primavera,

me

derramo

sin

derramas

a

tu

vera.

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EYACULACIONES

Pareja

es

el

Amigo

que

ha

perdido

la

cuenta

de

los

coitos

contigo.

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PRESENTACIÓN DEL POETA JULIO SANTIAGO
EN LA TERTULIA LITERARIA HISPANOAMERICANA RAFAEL MONTESINOS
Aarón García Peña
a 12 de febrero de 2013

 

Los poetas tenemos la generosidad de tratar al lector como si fuera nuestro hijo: le damos de comer cuando tenemos hambre, le vestimos según la sensación climática con que nos levantamos ese día, le sermoneamos cuando tenemos miedo y les hacemos reír por si queremos divertirnos. Todo poeta ejerce el paternalismo sobre sus lectores, pues queremos para ellos sólo lo que hubimos de querer para nosotros y aún estamos esperando.

En un extremo hay padres que quieren controlarlo todo, en una merma de la autonomía de sus descendientes. Es sencillo comprender cuándo el poeta es autoritario pues, haciéndote culpable, escribe como quien da las órdenes: te arenga, grita y amenaza para que pienses y sientas como le complace, porque careces de experiencia y eres menos listo. Su lenguaje es negativo: “no corras que te caerás”, “¿ves?, ya te lo decía yo”, o “eso te pasa por echarte novio”. En otro extremo están los padres que, en un gocerío de la negligencia, no ejercen ningún  control sobre sus vástagos y exclamarían aquello de “no te preocupes, seguro que mañana volvéis a ser amigas”. Es sencillo comprender cuándo el poeta se torna indiferente; con ello pretende tranquilizar al lector en sus conflictos, pero el resultado es el rechazo inmediato del poema.

En un extremo hay padres que hablan a menudo con sus hijos en un ejercicio de comunicación sincronizada, con explicaciones por cada uno de los versos para entender el porqué de los castigos. En el otro extremo el poeta desconoce aún la voz de sus alrededores, quitándole importancia a sus problemas, restándole entusiasmo a las verdades del lector y haciéndole creer que las propias son más acertadas.

Hay poetas exigentes respecto al grado madurativo de de sus propios lectores, con tendencia al sermón y las expectativas; y hay poetas que apenas plantean retos a quienes abren sus libros. También es posible identificar al poeta que en vez de leer te conferencia; y es sencillo vislumbrar al poeta silencioso, pues no produce comunicación alguna más allá de la que cree ejercer él mismo; y a éste se le reconoce porque pone mucho empeño en decir muy poca cosa.

Si la manera en que un poeta piensa el mundo, influye sobre sobre su relación con sus lectores, el modo en que deja de pensarlo provoca las mismas influencias; ya que, mientras algunos padres muestran el cariño e interés hacia sus hijos, otros ondean con un mástil su escasez afectiva.

Julio Santiago no habla de democracia en su trato a sus lectores, la constata. No es desentendido, negligente o autoritario; no te sermonea ni priva de palabra, y mucho menos sufre de vaguería o exceso de figuras retóricas —más bien escasas a conveniencia propia—. Julio Santiago responde al estereotipo del padre “éste es mi ejemplo, haz lo que desees”. Es, preferentemene, un libertino que parece atormentado por sus propios placeres; pero que provoca, en realidad, que desatormentes los tuyos. Es, permítanme la paradoja, un autoritario de la libertad en una abnegación de su ejercicio, y en tal calibre que se ha hecho esclavo de ella a la manera en que los románticos se alejaron de Dios, la patria y las normas para sustituirlo todo por su espíritu.

Conozco exaltaciones de la libertad de toda índole y martirio, pero la de Julio es de las pocas que he apreciado como auténticas; porque, a diferencia de la inmensa mayoría de escritores que intuyen comprenderse, si lees a Julio Santiago te percatas, como poco, de quién es Julio Santiago. A veces Julio hace lo que escribe y a veces lo escribe para hacerlo; sea como fuere, ambas lleva a cabo no quedándose sólo en el anuncio.

Solemos pensar que el poeta habla de aquello que carece y, sin embargo, quien compaña hoy a Marisa hace tanto como habla y habla tanto como hace. Ha convertido el erotismo en origen y desenlace de sus emociones: intuyó, desde el útero materno, que su sexo merece una atención a la altura de sus logros con la historia de la especie. No escribe versos sino falos; no los publica, los penetra. No tiene a la doble moral como enemigo, la toma simplemente por imbécil, la sodomiza y convierte a su credo. No explica nunca lo que es, se comprende a sí mismo y publica para informarte. Hay quien, aprovechando que escuha a Julio, se pregunta: “ah, pero ¿se puede escribir como se piensa?”. Sí, poeta, ¿acaso lograste hacernos disfrutar con lo contrario?

Te guste o no te guste cómo escribe, no hay nadie como él cuando está escrito. Su sexualidad es contraproducente para el aburrimiento, y pueden elegir la palabra que más les guste para conocerle —frívolo, irónico, sarcástico, satírico, burlesco…—, pues cada una de ellas lo define. La vitalidad tiene en su cuerpo el domicilio, y en sus versos el mejor de los buzones.

Tan egocéntrico como cualquier artista —atropelló una vez un coche con su ego—, destaca porque su generosidad es un treinta y siete por ciento más hermosa que la nuestra: pocos animales pluricelulares hacen, con tanta calidez, de la familia sus amigos y de los amigos su familia.

No reconoce sus equivocaciones pero tampoco hace alarde de sus aciertos. [a Julio] ¿O… eran ambas cosas? Es intuitivo y pertinaz, cariñoso y gruñón, inteligente sin la pose; fue adulto cuando era niño y nunca dejará de ser un niño hasta que la muerte lo adultere. Es decir: español.

Poeta de nombre compuesto por la suma de sus abuelos Julio y Santiago, este achuchón nació en Miajadas —Cáceres—, en 1975; y creció, sobre todo, entre mujeres. Una vez en Madrid, fue el niño mimado de Gloria Fuertes. Si Gloria levantara ahora un dedo meñique, sería sólo para acariciarle.

Su carrera literaria dio comienzo en mil novecientos noventa y cuatro, con un libro que recogía la historia de su población natal. Entre tanto, entre la primera y la última presentación de este autor, se han sucedido otros quince títulos para la historia de nuestra literatura, noches absorbentes e irrisorias como enfermero de urgencias en uno de los más conocidos hospitales de Madrid, amantes con todo tipo de peinados, cien conversaciones por cada una de las decenas de tertulias de poesía frecuentadas como invitante o invitado, secretos y achuchones contagiados a sus hermanas Inés y Ana Belén García Pino, viajes a uno mismo junto a su blanquecina compañera Amaya Sorando Arauz; y pinturas, fotografías y dibujos para levantar un dique que divida en dos el Mar Mediterráneo.

Tan besucón como una madre, tan amigo de sus lectores como el trabajador lo es de su nómina, formulador incansable de la lírica del erotismo, Julio Santiago es poeta en vertical: sitúa las palabras una encima de las otras para lo que ya les dije antes. Es, en este sentido, escritor de alfileres y rosales en dieta, pasado y presente continuo de nuestro idioma español.

 

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